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    «Acuérdate, le mandó a decir, de cuando eras pequeña y recibías el alimento de mi mano. Porque Amán, el segundo después del rey, ha sentenciado nuestra muerte.
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    Ora al Señor, habla al rey en favor nuestro y libranos de la muerte.»
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    Al tercer día, y una vez acabada su oración, se despojó de sus vestidos de orante y se revistió de reina.
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    Recobrada su espléndida belleza, invocó a Dios, que vela sobre todos y los salva, y tomando a dos siervas,
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    se apoyó blandamente en una de ellas,
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    mientras la otra la seguía alzando el ruedo del vestido.
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    Iba ella resplandeciente, en el apogeo de su belleza, con rostro alegre como de una enamorada, aunque su corazón estaba oprimido por la angustia.
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    Franqueando todas las puertas, llegó hasta la presencia del rey; estaba el rey sentado en el trono real, revestido de las vestiduras de las ceremonias públicas, cubierto de oro y piedras preciosas y con aspecto verdaderamente impresionante.
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    Alzando su rostro, resplandeciente de gloria, lanzó una mirada tan colmada de ira que la reina se desvaneció; perdió el color y apoyó la cabeza sobre la sierva que la precedía.
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    Mudó entonces Dios el corazón del rey en dulzura, angustiado se precipitó del trono y la tomó en sus brazos y en tanto ella se recobraba, le dirigía dulces palabras,
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    diciendo: «¿Qué ocurre, Ester? Yo soy tu hermano, ten confianza.
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    No morirás, pues mi mandato alcanza sólo al común de las gentes.
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    Acércate.»
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    Ella respondió: «Te he visto, señor, como a un ángel de Dios y mi corazón se turbó ante el temor de tu gloria.
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    Porque eres admirable, señor, y tu rostro está lleno de dignidad.»
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    Y en diciendo esto, se desmayó de nuevo.
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    El rey se turbó,, y todos sus cortesanos se esforzaron por reanimarla.