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    Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas;
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    en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos;
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    el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,
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    con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más les supera en el nombre que ha heredado.
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    En efecto, ¿a qué ángel dijo alguna vez: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy; y también: Yo seré para él Padre, y él será para mi Hijo?
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    Y nuevamente al introducir a su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios.
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    Y de los ángeles dice: El que hace a sus ángeles vientos, y a sus servidores llamas de fuego.
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    Pero del Hijo: Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos; y: El cetro de tu realeza, cetro de equidad.
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    Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, ¡oh Dios!, tu Dios con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros.
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    Y también: Tú al comienzo, ¡oh Señor!, pusiste los cimientos de la tierra, y obras de tu mano son los cielos.
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    Ellos perecerán, mas tú permaneces; todos como un vestido envejecerán;
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    como un manto los enrollarás, como un vestido, y serán cambiados. Pero tú eres el mismo y tus años no tendrán fin.
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    Y ¿a qué ángel dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies?
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    ¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?