santos

San Adelfio, abad

Adelphio de Metz

De la vida de san Adelphio tenemos dos testigos documentales, uno de ellos de excepcional calidad, aunque escaso de datos. Una "Vita", la más larga, fue escrita en el monasterio de Remiremont en el siglo XI, unos cuatro siglos después de la muerte del santo, por un autor anónimo; y aunque aporta algunos datos que no poseemos por la otra "Vita", no podemos asegurarnos demasiado de la calidad de esos datos, precisamente por la lejanía en el tiempo. La otra, en cambio, decía que se trata de un testigo de excepcional calidad, porque fue escrita por un monje de Remiremont, anónimo también, contemporaneo del santo, que lo conoció personalmente, y que además manejaba suficientemente la expresión escrita, como para haber tenido a su cargo también la redacción de la vida de san Romarico y de san Amado, los fundadores del monasterio. Este documento más breve lo transcribe Mabillon de buenos manucritos en sus actas de los santos de la Orden de San Benito, y medio siglo más tarde lo vuelve a editar Acta Sanctorum, junto con la vida larga mencionada al inicio.

La "Vita" breve es un documento escrito para dejar sentados algunos hechos excepcionales que -en los cánones de la época- testimonian la santidad del abad; lamentablemente no tiene pretensiones de exahustividad, y promete más adelante retomar el tema en otro escrito que, o no se hizo, o no llegó hasta nosotros. Así que a éste le faltan algunos elementos que están en las "vidas" que podemos considerar más completas: no nos cuenta el nacimiento y linaje del santo, los motivos y circunstancias de su paso a la vida eremítica, primero, y monástica, luego. Comienza directamente con una enumeración de las virtudes del santo: "Apacible en palabras, de aspecto jovial, dulcícimo para con los hombres buenos, suave y afable para todos, extremadamente esmerado en las cosas de Dios, no amante de las cosas ajenas, para los fervorosos, esforzada y dulcemente sujeto a Dios, seguidor de la paciencia y la modestia, laudablemente dispuesto a todos los hombres."

Nos dice el narrador que Adelphio pasó vagando por distintos parajes desérticos un cierto tiempo, viviendo como ermitaño. No sabemos por qué motivo, pero podemos deducir sobre la analogía de otras vidas santas, que fue motivado por una súbita conversión, quizas debido a una fuerte experiencia del propio pecado, o por apagar el ardor de las pasiones juveniles. Da a entender precisamente esto segundo, cuando nos dice que "vagaba por vastos desiertos, aposentándose aquí y allí, se esforzaba en apagar ocultamente multitud de violentas llamas, con abundantes lágrimas". Llevaba, en definitiva, una vida de penitente, desconocido para el mundo y "conocido solamente por Aquel que es el único que conoce los corazones de los hombres".

Sin embargo, hacia los treinta años ingresa al monasterio llamado de Remiremont (originalmente Monasterio Habundense). Este monasterio doble -con su rama masculina y su rama femenina- había sido fundado a comienzos del siglo VII por san Romarico en una de sus propiedades (de allí Romerici Mons, que da por deformación del término, Remiremont), y había tenido por primer abad a san Amado, que había sido monje de Luxeuil, el monasterio fundado por san Columbano. Entre las dos comunidades, Luxeuil y Remiremont, además de la cercanía geográfica que permitía ir de uno otro andando a pie en poco tiempo, había fuertes lazos históricos y religiosos. Este dato es importate para comprender la vida de san Adelphio. Porque efectivamnte, ingresado al monasterio, no sabemos exactamente cuándo ni cómo, llega a ser abad de Remiremont; la redacción sugiere en realidad que es elegido abad de su comunidad mientras era huésped en Luxeuil, pero no parece esto posible, y la cosa queda irremediablemente oscura, por lo que daré por supuesto que era ya abad antes de su período como huésped de Luxeuil. Nos sigue diciendo el narrador que llevado por su extrema humildad, postrado en tierra, hizo una confesión pública de sus pecados, y pidió con abundantes lágrimas a la comunidad que le impusiera una penitencia. Y la comunidad le impuso el retirarse por un tiempo a Luxeuil, como huésped-penitente.

Hay que reconocer que el modo como está narrado no termina de dejar muy claros los hechos, de allí posiblemente que, en el intento de allanar un poco el Nuevo Martirologio Romano hable de que "lloró profusamente por una disensión de menor importancia". La verdad es que no sabemos a qué se debió la penitencia, si fue por una falta, efectivamente, de menor importancia, o si fue por una pública confesión general de los pecados de su vida (la redacción de la Vita breve creo que más bien sugeriría esto), o por alguna otra falta que no se comenta. Lo interesante es que los motivos para hablar de la santidad de san Adelphio no son la impecabilidad, ni la imperturbabilidad de su vida, ni una vida linealmente virtuosa, sino por el contrario, una vida hecha de pecado y penitencia, de lágrimas y arrepentimiento.

Una vez en Luxeuil, trabó amistad con Emmo, un monje de vida santa, encargado de los huéspedes, que fue su compañero de celda y de tareas. Cierto día, despierta a Emmo para indicarle que es hora ya de la oración, pero Emmo le dice que aun no es, y sale fuera. En ese breve ínterin, cuando quedaba con Adelphio sólo un muchacho, siente el santo un fuerte dolor en el brazo, y ve venir el momento de su Paso; levanta el brazo para intentar hacer la señal de la cruz, mientras decía las palabras "Cristo, ayuda; Cristo, ayuda!". Pero no llegó a poder hacer la señal, sino que entregó inmediatamente el alma. Como reflexiona el narrador, sin duda se cumplen en él las palabras del profeta Joel (2,32): "Los que invoquen el nombre del Señor, se salvarán".

Inmediatamente se da aviso de la muerte al monasterio de origen, y viene de allí, no sólo una gran cantidad de monjes y monjas, sino también gente del pueblo, que realizan el traslado de su abad, considerado ya santo por la humildad de su vida y por su muerte, al monasterio de Remiremont, junto con los objetos que llegarán a ser reliquias. El narrador se detiene en una magnifiscente estampa del traslado, en el que los participantes quedan divididos en tres columnas: la de los monjes que llevan el cuerpo, la de las monjas que acompañan la procesión, y el pueblo que sigue esta ceremonia, que tiene como centro el cruce del Mosela, y recuerda la columna del Exodo; "Resonaban hacia lo alto por todos lados, voces que salmodiaban en alabanzas a Dios, y toda la tierra se llenó de las voces y los cánticos de las antífonas y salmos".

Llegados a Remiremont sepultan el cuerpo con todos los honores en el altar de san Pedro, en la iglesia monástica. Y ocurre allí un gran milagro; el narrador no parece que sea dado a fantasías, pero el portento es tan grande que no lo puede callar: estaban los monjes reunidos en las vísperas de la celebración de san Amado, y cuando iban a entonar el himno del santo, el primer verso fue acompañado por la voz del propio san Adelphio, quien incluso levantó el brazo para intentar hacer la señal de la cruz, como en el momento de su muerte. El narrador es honesto en que de esto último no tiene fuentes confiables, sólo es algo que "se dice"; sin embargo de haberse oído la voz de san Adelphio tiene un testigo presencial.

En otro momento cierto diácono que visitaba el monasterio fue a orar en el altar de san Pedro, y oyó allí una voz que cantaba "Mi alma vivirá y cantará en tu alabanza, oh Dios" (salmo 118,175). También por tercera vez, una sierva de Cristo ("mujer llena de devoción", nos aclara el narrador), va a orar a la capilla, pero siente como de fondo un murmullo suave, y el lugar se llenó de una fragancia repleta de suavidad. Los que estaban allí se llenaron de "gran alegría y un gozo inenarrable".

Aquí terminan la exquisita narración, que nos provee los elementos justos para comprender la santidad de san Adelphio, con la reticencia natural de quien sabe que los milagros no son hechos para vulgarizar, pero tampoco pueden callarse los portentos cuando los testigos son de buena calidad. En el listado de santos canonizados oficialmente en los siglos anteriores a la creación de la Sagrada Congregación de Ritos (y por tanto del establecimiento definitivo de la canonización formal), las dos fuentes que se pueden considerar las mejores tienen a san Adelphio como canonizado por SS León IX en 1049; sin embargo, parece que sólo se trató de una traslación de reliquias (que era un modo informal de canonización), y no de un acto formal, por lo que el Nuevo Martirologio Romano lo inscribe como un santo de culto local no oficialmente canonizado.

Acta Sanctorum de septiembre, tomo III, dedica un abundante artículo (págs. 809 a 837), con la transcripción de las dos "Vita", la breve y la larga, una valoración crítica de los textos, y algunos otros documentos posteriores. Allí mismo hay más referencias documentales. Por mi parte, he seguido el texto de la Vita breve tomándolo de Mabillon (Acta SS. Ben., II, pág 602). Para la cuestión de la canonización ver Giuseppe Löw, art. "Canonizzazione", en Enciclopedia Cattolica, Vaticano, 1949-54), y Pierre Delooz, Sociologie et Canonisation, Liège, Faculté de droit, 1969. En la parte superior de la basílica de San Sebastián, del siglo XII, en Saverne, se exhiben tapices realizados en el siglo XVI de la "Vita Sancti Adelphi", escrita en 1506 por el humanista estrasburgués Wimpfeling. Encargados por el conde Felipe III de Hanau-Lichtenberg, los cuatro tapices, que incluyen 20 pinturas fueron tejidas de lana de Flandes, con hilo de oro, plata y seda de Italia. Son de 94 cm de alto y 4,75 m de largo. Se reproducen dos escenas: San Adelphio estudiante, y San Adelphio dando limosna.