Oh, Santa Mariana de Jesús, Azucena de Quito; vos sois la hija del Dios de la vida, aquella santa mujer que servir quiso a Aquél que todo lo ve, desde los claustros santos; pero Él, en su infinita sabiduría, teneros en el mundo quiso, para que desde allí, pudierais con vuestra tarea cumplir, hasta la entrega total de la propia vida; porque bien sabíais vos, que deberíais negaros a sí misma, para crecer en los demás, ya que allí el secreto reposa, del amor verdadero. Y como que lo hicisteis, hasta el final de vuestros días; y cada vez que rezabais el Rosario santo, os colocabais corona de espinas y los brazos vuestros, los abríais en cruz. Un día vos dijisteis, cuando temblaba la tierra, que no erais necesaria para seguir con vida, y la acrecíais a cambio de la del sacerdote, porque aquél, salvaría más almas que vos; oh, Santa Mariana de Jesús, Azucena de Quito, alma fecunda del Dios vivo. Amén