Cargando Misa y liturgia
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30 de agosto de 2026 · TIEMPO ORDINARIO
Momento 1
Señal de la cruz. El sacerdote saluda a la asamblea y se introduce la celebración del día.
30 de agosto
XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Verde
Sugerencias para la Celebración
El domingo es siempre «el día de la resurrección». Así lo denominaba Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia más antiguos. Como día de la resurrección, nuestra celebración dominical debe estar siempre marcada por la alegría.
Día de fiesta
En la antigüedad estaba prohibido rezar de rodillas un día domingo. Tampoco se permitía ayunar. La celebración se hacía siempre de pie, pues sólo de esa manera se expresa nuestra condición de resucitados. Por eso están de pie los santos que alaban a Dios en la
Momento 2
¡Bendigamos al Señor!
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Antífona de entrada Cf. Sal 85, 3. 5
Ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día. Tú, Señor, eres bueno e indulgente, rico en misericordia con aquellos que te invocan.
Gloria
ORACIÓN COLECTA
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien perfecto, infunde en nuestros corazones el amor de tu Nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes en nosotros lo que es bueno y lo conserves constantemente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
La palabra del Señor es para mí oprobio
Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9
¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: “¡Violencia, devastación!” Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Entonces dije: “No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre”. Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía.
Palabra de Dios.
Momento 3
Los domingos (fuera de Adviento y Cuaresma) y en las solemnidades se canta o recita el himno «Gloria a Dios en el cielo».
«Es de pie como hacemos las plegarias, en el primer día de la semana, pero no todos sabemos la razón: no es solamente porque, resucitados con Cristo y debiendo buscar las cosas de arriba, traemos a nuestra memoria en ese día consagrado a la resurrección, estando de pie cuando oramos, la gracia que nos fue dada, sino porque ese día parece de algún modo la imagen del siglo futuro... Es pues por necesidad por lo que la Iglesia educa a sus hijos a hacer de pie sus plegarias, en este día, para que, por el recuerdo continuo de la vida que no ha de terminar, no olvidemos de hacer provisión en vistas de ese viaje...»
Claro, los tiempos han cambiado, y hoy es usual arrodillarse cuando se invoca al Espíritu Santo, en la plegaria eucarística. No está mal. Es signo de que queremos recibir el don del Espíritu. Pero no olvidemos que la actitud espiritual del domingo es la de alegrarnos porque la resurrección de Cristo anticipa la nuestra.
Un Mesías que sufre
Por paradojal que pueda parecer, la escuela de San Mateo nos lleva hoy día a situarnos ante una revelación decisiva. Los discípulos ya vislumbraban que Jesús de Nazaret era realmente el Mesías esperado. Pero ¿qué tipo de Mesías? Las expectativas de los discípulos merecen hoy una importante corrección. No sería un mesías triunfalista, sino uno que «debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Es un cambio de mentalidad de gran calado el que el Señor nos presenta hoy día. Y uno de los factores que tendremos que considerar es el de la renuncia: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo».
A ello nos lleva la celebración de este domingo.
Las renuncias en la celebración
La liturgia es una escuela de renuncia. Cuando somos bautizados, se nos pide renunciar al demonio y todas sus obras; acudir a la santa Misa significa renunciar a otra actividad; el escuchar la Palabra es renunciar a la mía; el dinero que pongo en la
Momento 4
El sacerdote invita a orar en silencio y concluye con la oración propia del día.
Pero todas esas renuncias traen de vuelta la insospechada recompensa del Señor. «Más alegría hay en dar que en recibir», repetían los primeros cristianos y lo escribió el apóstol.
Perder para ganar
En efecto, la renuncia cristiana no es sólo un ejercicio ascético para alcanzar cierta «perfección». Tiene que ver con la lógica divina del compartir. La liturgia es el momento – así lo decía san Agustín y lo recordábamos hace poco- en que Cristo se ofrece al Padre y nos enseña a ofrecernos a nosotros mismos.
En la
Momento 5
Lecturas, salmo y Evangelio propios de este día.
Momento 8
La asamblea ora por la Iglesia, el mundo, los que sufren y la comunidad local.
Momento 9
Presentación de los dones, prefación, Santo y plegaria eucarística. El sacerdote pronuncia las palabras de la consagración.
Momento 10
El sacerdote invita: «Fieles a la recomendación del Salvador…». Todos rezan:
Padre Nuestro
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Momento 11
«La paz del Señor esté siempre con vosotros.» — «Y con tu espíritu.» Se puede intercambiar un signo de paz.
Momento 12
Mientras se parte el pan se canta o recita el Cordero de Dios.
Momento 13
«Este es el Cordero de Dios…» — «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.»
Momento 14
Oración después de la comunión, bendición y envío: «Podéis ir en paz.» — «Demos gracias a Dios.»
Siempre, también hoy. Está la tentación de querer seguir a un Cristo sin cruz, es más, de enseñar a Dios el camino justo (…) Pero Jesús nos recuerda que su vía es la vía del amor, y no existe el verdadero amor sin sacrificio de sí mismo. Estamos llamados a no dejarnos absorber por la visión de este mundo, sino a ser cada vez más conscientes de la necesidad y de la fatiga para nosotros cristianos de caminar siempre a contracorriente y cuesta arriba. Jesús completa su propuesta con palabras que expresan una gran sabiduría siempre válida, porque desafían la mentalidad y los comportamientos egocéntricos. Él exhorta: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará». (v. 25). En esta paradoja está contenida la regla de oro que Dios ha inscrito en la naturaleza humana creada en Cristo: la regla de que solo el amor da sentido y felicidad a la vida. Gastar los talentos propios, las energías y el propio tiempo solo para cuidarse, custodiarse y realizarse a sí mismos conduce en realidad a perderse, o sea, a una experiencia triste y estéril. En cambio, vivamos para el Señor y asentemos nuestra vida sobre su amor, como hizo Jesús: podremos saborear la alegría auténtica y nuestra vida no será estéril, será fecunda. (…) María Santísima, que siguió a Jesús hasta el calvario, nos acompañe también a nosotros y nos ayude a no tener miedo de la cruz, pero con Jesús crucificado, no una cruz sin Jesús, la cruz con Jesús, es decir la cruz de sufrir por el amor de Dios y de los hermanos, porque este sufrimiento, por la gracia de Cristo, es fecundo de resurrección. Papa Francisco, Angelus, 3 de septiembre de 2017)