Cargando Misa y liturgia
Cargando Misa y liturgia
Cargando Misa y liturgia

27 de septiembre de 2026 · TIEMPO ORDINARIO
Momento 1
Señal de la cruz. El sacerdote saluda a la asamblea y se introduce la celebración del día.
27 de septiembre
XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Verde
Sugerencias para la celebración
La misa comienza cuando está «reunido el pueblo». Así lo señala el Misal Romano, innovando completamente en relación con la liturgia anterior, cuando la misa comenzaba simplemente cuando llegaba el sacerdote. Una advertencia para no clericalizar la celebración.
Ahora, por conciencia eclesial, la celebración comienza cuando está reunido el pueblo pues tenemos conciencia de que si está ya ahí en el aula eucarística es porque ha escuchado la voz del Señor que lo ha invitado a venir a celebrar.
Hemos dicho que sí a la invitación, respuesta sobre la cual el Señor nos quiere poner en alerta este domingo.
Cumplir la voluntad del Padre
Quizá nos ayude contextualizar la parábola para comprenderla mejor.
Jesús está transmitiendo a los discípulos lo que acontecerá cuando llegue en forma definitiva el Reino de los cielos. ¿Quiénes podrán entrar en él? La respuesta no es tan fácil. Pues los que parecían estar dentro, no lo están. Y los que parecían estar fuera, están dentro. ¡Vaya sorpresa!
Se les permitirá entrar no a los que simplemente ostentan un cargo oficial; tampoco los que dicen «sí», formalmente. Para nosotros el mensaje es bastante claro: no basta una presencia formal en las celebraciones, u ostentar un cargo eclesiástico, para entrar en el Reino, sino aceptar con un sí generoso, honesto y coherente la invitación del Señor.
La parábola es profundamente interpelante, porque se nos pide coherencia entre nuestro decir y nuestro actuar.
Celebrar la obediencia de Cristo
Afortunadamente en nuestra asamblea siempre hay uno que ha pronunciado un sí definitivo, que ha sido obediente hasta el final al Padre: Jesús. Todos los demás nos unimos a él, para decir que sí a Dios y realizar su voluntad en la propia vida.
En la doxología final de la Plegaria eucarística destacamos el «por Cristo, con Él y en Él». Con la certeza de que estamos unidos a Él en el bautismo y por la fe que profesamos, es que podemos decir ese Amén, punto culminante de toda la plegaria.
¿No sería bueno ensayar con la asamblea el canto de ese solemne «Amén»?
¿Somos obedientes?
Y para quienes tenemos la responsabilidad de poner en acto en cada celebración el Misterio de Cristo para bien de los fieles, ¿lo hacemos con obediencia cordial?
Una buena celebración no puede desarrollarse al margen de lo que nos indican los libros litúrgicos. Pero nos obliga a conocer las razones de fondo que la Iglesia tiene para hacerlo de una manera y no de otra. En definitiva, la liturgia no es de cada cual, sino de la Iglesia, que no quiere hacer otra cosa que lo que le mandó hacer el Señor.
¡Feliz domingo!
+++
Antífona de entrada Cf. Dan 3, 31. 29. 30. 43. 42
Todo lo que hiciste con nosotros, Señor, es verdaderamente justo, porque pecamos contra ti y no obedecimos tu ley; pero glorifica tu nombre, tratándonos según tu gran misericordia.
Momento 2
Se invita a reconocer los pecados. Puede usarse el «Yo confieso», las invocaciones Kyrie u otra fórmula. Como ayuda para rezar:
Acto de contrición
Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de todo lo bueno que he dejado de hacer, porque pecando te he ofendido a Ti, que eres el sumo Bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo firmemente, con tu gracia, no volver a pecar y evitar las ocasiones de pecado. Amén.
Momento 3
Los domingos (fuera de Adviento y Cuaresma) y en las solemnidades se canta o recita el himno «Gloria a Dios en el cielo».
Momento 4
El sacerdote invita a orar en silencio y concluye con la oración propia del día.
Dios nuestro, que manifiestas tu poder sobre todo en la misericordia y el perdón, derrama sin cesar tu gracia sobre nosotros, para que, deseando tus promesas, nos hagas participar de los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Cuando el malvado se aparta del mal él mismo preserva su vida
Lectura de la profecía de Ezequiel 18, 24-28
Esto dice el Señor:
Si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿acaso vivirá? Ninguna de las obras justas que haya hecho será recordada: a causa de la infidelidad y del pecado que ha cometido, morirá.
Ustedes dirán: “El proceder del Señor no es correcto”. Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto?
Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido. Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida. Él ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.
Palabra de Dios.
Momento 5
Lecturas, salmo y Evangelio propios de este día.
Momento 8
La asamblea ora por la Iglesia, el mundo, los que sufren y la comunidad local.
Momento 9
Presentación de los dones, prefación, Santo y plegaria eucarística. El sacerdote pronuncia las palabras de la consagración.
Momento 10
El sacerdote invita: «Fieles a la recomendación del Salvador…». Todos rezan:
Padre Nuestro
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Momento 11
«La paz del Señor esté siempre con vosotros.» — «Y con tu espíritu.» Se puede intercambiar un signo de paz.
Momento 12
Mientras se parte el pan se canta o recita el Cordero de Dios.
Momento 13
«Este es el Cordero de Dios…» — «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.»
Momento 14
Oración después de la comunión, bendición y envío: «Podéis ir en paz.» — «Demos gracias a Dios.»
Si tu corazón no es un corazón arrepentido, si no escuchas al Señor, no aceptas la corrección y no confías en Él, tienes un corazón impenitente. Pero estos hipócritas que se escandalizaron por lo que Jesús dijo acerca de los recaudadores de impuestos y las prostitutas, pero que en secreto acudían a ellos para desahogar sus pasiones o para hacer negocios —todo en secreto— ¡eran puros! Y el Señor no los quiere. (…) Estos no pueden recibir la salvación. Están cerrados a la salvación. «Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre; ellos confiarán en el nombre del Señor» durante toda su vida. Y esto continúa hasta el día de hoy, ¿verdad? Cuando vemos al pueblo santo de Dios, humilde, cuya riqueza reside en la fe en el Señor, en la confianza en el Señor —el pueblo humilde y pobre que confía en el Señor—, estos son los salvos, y este es el camino de la Iglesia, ¿verdad? Debe ir por este camino, no por el otro, el que no escucha la voz, el que no acepta la corrección y el que no confía en el Señor. (…) Cuando podamos decirle al Señor: «Señor, estos son mis pecados; no son suyos, son míos… Son míos. Tómalos y entonces seré salvo», cuando podamos hacer esto, seremos ese pueblo hermoso, un pueblo humilde y pobre, que confía en el nombre del Señor. Que el Señor nos conceda esta gracia. (Papa Francisco, Homilía del 16 de diciembre de 2014)